martes, febrero 20, 2018

jude nutter. los dientes de mi madre



Los dientes de mi madre

Estuviste guardada sin esfuerzo y apática
durante dos días enteros entre las garras desprolijas de la tierra antes

de que los encontrara en un pequeño tupper redondo
en un estante debajo de la pileta de la cocina. Esos blancos, bajos
parapetos contra los que nacían tus palabras.

Vi que la ferocidad del cuerpo para morir es tan real
como su ferocidad para vivir. Recuerdo cómo
la firme línea de tus labios rechazaba cada

esfuerzo que hacíamos por alimentarte con pequeñas porciones
de comida y pastillas trituradas envueltas en miel.
Supe que el enterrador rellenó tu garganta

con gasa, selló tu boca
en forma armónica y una vez cerrada, ató tu mandíbula
con alambre y comencé a soñar

que te habían secuestrado, taponando tu boca
con cualquier cosa que hubiera a mano –bufanda, medias,
ropa interior, trapo– porque parecía como si el mundo

te estuviese chantajeando, como si una nota tipeada
pudiera caer de la boca galvanizada y burlona
del buzón; y cualquiera fuese el precio,

yo lo pagaría. Habíamos despejado la parafernalia
de tu desaparición: la comida para bebé y la morfina
y las agujas. La cama. La tapa del inodoro. Los vendajes

y píldoras y jugos fortificados, y el oxígeno
con sus madejas de tubos. Y como necesitaba
sostenerlos con firmeza, como sostuve tu cuerpo

con firmeza –en mi mente, en la tierra, con tus pies
hacia las colinas y tu cabeza hacia la bahía y su trivial charla
de sal– subí hacia el lago con tus dientes,

con su paladar de plástico, en mi bolsillo.
Tu debes recordar cómo es: cuánto más alto
subes, más profundo el mundo habita

lo esencial hasta que no queda nada
sino viento y resplandor, de la mano, atravesando
el brezo y el mirto;

y, cerca de la tierra, las verdes bocas
del rocío de sol, que nunca están cerca en verdad, formando
su armonía con la luz y la lluvia y los cuerpos

relucientes de los insectos. Y los tiré allí: tiré
tus dientes en las garras sedosas del agua,
que atesora todo lo que le es ofrecido –incluso el tanino

y la sombra, incluso los oscuros excrementos de las ovejas
como botones redondos, incluso los huesos sueltos
en el brezo. Digo que la boca

es el reino más peligroso de todos. Digo que el paraíso
está allí, detrás de las puertas de los dientes porque
es ahí donde la ágil vara de la lengua

dice sus deseos. Y digo que la vida no significa nada
si no podemos bajar por propia voluntad y consumirnos
por las terribles necesidades en otras bocas.

Fueron guerreros un día, que arrancaron
los dientes de cada adversario derrotado solo
para asegurarse de que robada su boca

y sus palabras no formadas cada hombre caminaría
desarmado hacia la otra vida. Sólo piensa
qué revela esta creencia sobre el propósito de las palabras

en esta vida. Pero yo digo aun en esta vida, a veces,
no hay lenguaje. Solo gesto. Los tiré
tan lejos como pude. Digo que los vivos pueden ser heridos

como el agua. Con un tímido sonido final se escurrieron
entre la piel del río. Y los besé, por supuesto,

antes de tirarlos. Por supuesto. Por supuesto que los sostuve
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con cuidado, con las dos manos, y los puse en mis labios.

Jude Nutter, nacida en North Yorkshire, Inglaterra, residente en los Estados Unidos desde 1980
Publicado en Nimrod International Journal of Prose y en Poetry Fall, 2010
versión © Silvia Camerotto
imagen Satchi Art, Ethan Newman, Mom's Teeth

 

My Mother’s Teeth

 

You had been held without effort and with indifference
for two full days in the soil’s untidy grip before
I found them in the small round Tupperware
on the shelf above your sink. Those pale, low
battlements against which your words were born.
I say the body’s ferocity to die is as real
as its ferocity to live. I remember the way
the firm seam of your lips refused every
effort we made to feed you tiny portions of food
and crushed tablets folded with honey.
I knew the undertaker had packed your throat
with gauze, caulked your mouth
into a pleasing shape and then wired your jaw
finally closed and I began dreaming
you’d been kidnapped, your mouth stuffed
with whatever was close at hand—scarf, sock,
underwear, duster—because it felt as if the world
were holding you ransom, as if a typed note
might drop through the galvanized sneer
of the letter box; that whatever the price,
I would pay it. We had cleared the paraphernalia
of your dying away: the baby food and morphine
and needles. The bed. The commode. The dressings
and tablets and fortified juices, and the oxygen
with its skeins of tubing. And because I needed
to hold them fast, in the way I held your body
fast—in mind, in the earth, with your feet
to the hills and your head to the bay and its small talk
of salt—I climbed to the lake with your teeth,
in their plastic temple, in my pocket.
You must remember how it is: the higher
you climb, the deeper the world inhabits
its essentials until there is nothing
but wind and brightness, hand in hand, heaving
through the ling and bog cotton;
and, close to the soil, the solid-green mouths
of the sundew, which never truly close, building
their sweetness out of light and rain and the rendered
bodies of insects. And I threw them in: I threw
your teeth into the silken grip of the water,
which treasures everything it is offered—even tannin
and shadow, even the dark droppings of sheep
like round buttons, even bones unbuckled
in the heather. I say the mouth
is the most dangerous kingdom of all. I say paradise
is there behind the gates of the teeth because
it is there that the tongue’s nimble wand
names its hungers. And I say life means nothing
if we can’t be brought willingly down and consumed
by the terrible needs in another’s mouth.
There were warriors once who pried
the teeth from every defeated adversary simply
to ensure that with his mouth plundered
and his words unformed each man would walk
unarmed into the next life. Just think
what such a belief reveals about the purpose of words
in this life. But I say even in this life, sometimes,
there is no language. Only gesture. I threw them out
as far as I could. I say the living can be wounded
like water. With a final shy sound they slipped through
the skin of the lake. And I kissed them, of course,
before I threw them. Of course. Of course I held them,
gently, and with both hands, and I put them to my lips.

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